FREDDY RINCÓN: EL COLOSO, EL LEGADO

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Soy un viejo de 53 años y estoy casi tan joven como Freddy Rincón. Aún hoy, a esta edad, mi mamá siempre me dice: “No se busque una mala hora, mijo. Vea que más vale perder un minuto en la vida que la vida en un minuto”.

No me dejan de dar vueltas en la cabeza esas dos frases desde hace una semana, cuando ocurrió el terrible accidente de tránsito que le costó la vida a Rincón. Es una cruda, atroz y brutal realidad la muerte del exfutbolista de apenas 55 años de edad, y no solo por haber sido el crac que fue, el impresionante jugador de fibra de acero que con su galope de fuego quemó la banda derecha del estadio Giuseppe Meazza, de Milán, con su gol in extremis, en el último segundo del tiempo de descuento para el 1-1 ‘de la victoria’ sobre los alemanes, los futuros campeones del mundo en Italia 90, hace ya casi 32 años.

El golazo contra Alemania
Rincón, además, tenía hoy una renovada popularidad mediática entre los aficionados que lo vieron jugar y los que apenas lo empezaban a conocer por su nueva condición de comentarista de radio y TV. Decía que ese empate contra los alemanes fue un verdadero triunfo para el fútbol de un país en el que perder siempre ha sido ganar un poco, y que en ese momento llevaba 28 años sin jugar una Copa del Mundo.

Para completar, su profundo gol por el túnel de las piernas del portero Bodo Illgner fue el grito liberador para esta tierra desangrada en ese momento por las bombas del narcotráfico y los ataques de la guerrilla y los paramilitares. No es redundante hablar hoy otra vez de la cualidades y características futbolísticas y físicas de Rincón, de su potencia, talento, inteligencia y personalidad. ¿Cuál es su legado? ¿Sus dos goles en el inolvidable 5-0 contra Argentina? ¿Ser el primer colombiano en jugar para el Real Madrid? ¿Levantar la Copa Mundial de Clubes de la Fifa?

No. Su legado será ese gol inolvidable en el Mundial de Italia 90, como es el legado de Marcos Coll su gol olímpico en ‘esa otra victoria’, aquella 4 a 4, contra la Unión Soviética en Chile 1962. Su legado será esa foto que le tomó José Clopatofsky para EL TIEMPO, agitando los puños a la altura del pecho mientras daba un enorme alarido de alegría, mientras volaba en la camiseta de cielo rojo con alas amarillas y azules. Esa imagen ya es patrimonio del deporte nacional.

Y mi mamá, como si todavía yo fuera el pelao de hace 32 años, aún me dice: “No se busque una mala hora, mijo. Vea que más vale perder un minuto en la vida que la vida en un minuto...”.

GABRIEL MELUK
Editor de Deportes EL TIEMPO

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